El cultivo de la uva y la producción del vino llegaron a América con los conquistadores españoles, que la llevaron consigo desde la región del Mar Mediterráneo, donde era parte de la economía y la vida cotidiana desde cientos de años atrás.

En el siglo XVI, durante la primera época de la llegada de los españoles a la región, el cultivo de la vid se extendió rápidamente, en gran medida ayudado por el uso que le daban los sacerdotes católicos al vino durante la eucaristía. De hecho, antes de su expulsión de los territorios españoles en América, los jesuitas fueron algunos de los principales productores de vino en el Chile colonial.

Las estrictas leyes del Imperio Español prohibieron la producción propia de vino durante el siglo XVII y obligaron al territorio a comprarlo exclusivamente a España. Ésto significó un gran golpe contra la industria, que volvería a florecer muchos años después, a finales del siglo XX.

La producción de vino moderna

La mayor influencia que recibió Chile en el ámbito de la producción de vinos no fue la de España, sino la de Francia. Al igual que su vecina Argentina, ya desde el siglo XIX Chile se especializó en variedades de origen francés, entre ellas Cabernet Sauvignon, Malbec y Merlot.

Por su orografía, la región más propicia para la producción vitivinícola chilena se encuentra al centro-norte del país, entre los 32 y los 38 grados de latitud. Al igual que el resto del territorio, esta zona se caracteriza por su altura, al pie de los Andes, lo que ayuda a la producción de la uva.

Hoy en día Chile está entre los diez mayores productores y exportadores de vino a nivel mundial. En el contexto de América Latina, solamente Argentina lo supera en cantidad de hectolitros producidos, y ambos países pelean palmo a palmo por ser la mayor potencia latinoamericana en la industria.